Aferrarse no es la seguridad de un aliado, es la mentira de un corazón roto.
Despedirme de ti quizá
fue lo más doloroso de toda mi vida, pero me dio la oportunidad de conocer un
lado de mi corazón que aún no descubría. Sin embargo, este viaje para desnudar
nuevos horizontes en mi corazón, no lo hice sola, estuvieron a mi lado, compañeras
un poco desagradables.
La primera en venir fue la TRISTEZA, para ser sincera no imagine que su compañía le dolería a mi corazón. Me acompaño por un breve tiempo, la primera noche que pasamos juntas fue la más oscura: sin estrellas, sin luna y con muchas lágrimas. Los días junto a ella prefiero no recordarlos. Pero estoy segura que su despedida fue un alivio para mi alma.
Por un momento creí que
no tendría más visitas. Pero como un tornado, la IRA hizo una entrada triunfal.
Ella solo llega cuando no eres capaz de ver hacia otra dirección que no seas tú
mismo. En ese momento le permití vendar mis ojos y empecé a ser una náufraga de
mis propios mis sentimientos. Si la tristeza hizo una noche oscura, la ira hizo
a mi ser oscuro. Me arrebato la oportunidad de ver la belleza en mi dolor.
Sin darme cuenta llego la
compañera más extraña, porque si la tristeza me dolió, la ira me lastimó, la
SOLEDAD me cuestionó. Su entrada no fue ruidosa, entró en silencio total. Un
día simplemente pude notar que mi luz daba su última chispa de fuego, fue
cuando noté su presencia.
A pesar de que seres mágicos me rodeaban y hablaban, solo era capaz de escuchar gritos. No importaba todos mis intentos por despedirla, me frustraba que a veces amaba su compañía. Según nuestra generación es la peor aliada, pero un día mientras despedía al último ser mágico de mi vida, le encontré sentido a su estadía.
Para poder encender de
nuevo mi llama no debía despedirme, debía admitir que necesitaba fuego. La
soledad no solo me acompaño, me ayudo a descubrir que solo puedo brillar cuando
permito estar en paz con mi alma.
Hoy parece que el tiempo
fue una pérdida, pero para mí fue una victoria. Estoy a punto de decirle adiós.
Oh soledad, que extraña compañera eres. Pero gracias por el tiempo juntas. Hoy puedo amar a todos a mi alrededor, encontré en ti la oportunidad de acompañarme primero a mí y luego a todos los seres mágicos con los que estoy dispuesta a transformar no solo la tierra, sino el universo y la galaxia.
Nuestro adiós se
convirtió en la probabilidad de decir mil y una vez: HOLA.